El regreso de Cristina Fernández de su licencia médica tuvo todos los condimentos que esperaba el cristinismo talibán: un discurso duro, una Presidente de la Nación con todos los sentidos despiertos, aguerrida, con una agenda de temas fuerte y con contundentes arremetidas contra grupos corporativos, poniéndose, nuevamente, en el centro del ring político.
Ni la opinión pública ni el votante kirchnerista habrían resistido el regreso de una Presidente de la Nación enferma, debilitada, con signos de no poder gobernar. Con cuatro años por delante de gestión, Cristina Fernández deberá mostrarse más dura, más desafiante, más activa, más radical que después de la muerte de su esposo y mentor.
Sin la posibilidad de reelección a la vista, por ahora, sólo por ahora; Cristina Fernández debe evitar que el “Síndrome de Pato Rengo” la invada, en especial, cuando el cristinismo talibán todavía no alcanza la extensión territorial del viejo peronismo, cuando hay una rama dura del sindicalismo que no pretende abandonar su poder (como hicieron algunos intendentes y gobernadores que terminaron por rendirse ante la arremetida oficialista) y en medio de un ajuste económico cuasi ortodoxo que puede hacer tambalear su popularidad y poner en fuga a sus votantes.
Neutralizar los tres condicionantes del poder de Cristina Fernández mencionados –su imposibilidad, por ahora, sólo por ahora, de ser reelecta; su salud y la falta de poder de movilización que tiene La Cámpora y los colectivos oficialistas- marcaron el discurso de la Presidente de la Nación al regreso de su licencia médica.
Malvinas, petroleras, subsidios, sindicatos, empleo, Guillermo “Lassie” Moreno, los medios opositores, Amado Boudou, la oposición, La Cámpora, las obras públicas y el eterno Néstor Kirchner diseñaron, en medio de una mezcla que podría parecer anárquica, un mapa de los aliados, los enemigos y los temas calientes en los que la Presidente de la Nación deberá, según sea el caso, respaldarse, atacar o enfrentar, en la primera mitad del 2012.
El primer mensaje que lanzó Cristina Fernández fue hacia la propia tropa. Los halagos al secretario de Comercio Interior, Guillermo “Lassie” Moreno, no sólo legitimaron su accionar y crecimiento de poder, sino también, fue un llamado a los funcionarios para que potencien su fidelidad y no duden en dar la cara por el gobierno. En ese marco también hay que tomar las referencias al vicepresidente Amado Boudou y el senador Aníbal Fernández, dos lenguaraces oficiales que defienden, hoy, lo que ayer atacaban.
La critica a los gremios no orgánicos con la voluntad presidencial y las nuevas referencias a La Cámpora siguen la dinámica amigo-enemigo de Carl Schmitt que tanto gusta y sirve al gobierno, dado que establece una forma de polarización ficticia porque compara agrupaciones que son totalmnte diferentes.
Hoy, los sindicatos tienen una capacidad de movilización que opaca a La Cámpora, pero la agrupación juvenil tiene abierto el Estado para uso y abuso, mientras que los gremios quedaron lejos de las palancas del poder. Así, Cristina Fernández intenta compensar esta diferencia dividiendo a los gremialistas y debilitando su acceso a la caja, mientras que financia la capilarización territorial y mitifica el poder de los jóvenes para que asusten en caso de que enfrentamiento crezca en intensidad
Los enemigos para Cristina Fernández son las corporaciones. Hoy pueden ser las petroleras, mañana los bancos y, más adelante, de nuevo el campo. En realidad, todo aquel que decida enfrentar al gobierno o le cause un problema es un virtual enemigo. También son útiles para echar culpas.
Así, por problemas de caja, las petroleras pasaron de ser grandes inversoras a foco de duras críticas y nuevas regulaciones; los bancos, que se cansaron de apoyar a este gobierno, son obligados a capitalizarse por encima de lo necesario para evitar que remesen divisas al exterior y, el campo, aliado en la elecciones de octubre pasado, puede ser un enemigo si corta las rutas o pide una reducción de las retenciones por la sequía.
Para el discurso de Cristina Fernández, como antes con Néstor Kirchner, siempre es el privado, el empresario, el industrial, el banquero el avivado, mientras que el Estado es víctima, es abusado, en arrinconado; cuando en realidad ocurre siempre lo contrario.
Cristina Fernández debería saber de “avivadas” de empresarios dado que, desde que fue gobierno con Néstor Kirchner en Santa Cruz, siempre han amparado a unos empresarios y castigado a otros. ¿Hay que recordar que el Grupo Petersen se hizo grande en la provincia del matrimonio Kirchner, que los permisos de pesca destrozaron el caladero o que el juego estalló durante los últimos 10 años de kirchnerismo?
¿Es necesario indicar cómo creció el Grupo Electroingeniería en menos de 10 años, los emporios que crearon los hermanos Cirigliano, Sergio Taselli y Gabriel Romero con los subsidios al transporte o el surgimiento de empresarios mediáticos, ayer quebrados, que viven de la publicidad oficial?
¿Fue una avivada del matrimonio Kirchner tener a las cúpulas de la Cámara Argentina de Comercio, la Bolsa de Comercio, la Asociación de Bancos de Capital Nacional y la Cámara Argentina de la Construcción aplaudiendo como extras en un programa cómico en cada acto realizado en la Casa Rosada o en la Quinta de Olivos los últimos 9 años?
Detrás de cada empresa o sector que realiza una “avivada”, según la nueva categorización económica de Cristina Fernández, hay un negocio millonario que se financia con gasto público y que tiene un funcionario, que maneja la birome y firma las autorizaciones de pago, que suele cargar con denuncias de enriquecimiento ilícito que una Justicia permisiva y complaciente con el poder no lleva nunca a juicio. ¿Es necesario recordar el caso de Ricardo Jaime para refrescar la memoria?
La llamada “nueva burguesía nacional” nació bajo el amparo e impulso de Néstor Kirchner y se consolidó en el segundo mandato de Cristina Fernández. Veamos el caso de Tierra del Fuego, donde una investigación del economista Julio Nogués descubrió que el costo fiscal de la promoción industrial para ensamblar aparatos electrónicos tiene un costo fiscal de un millón de pesos por puesto de trabajo creado, de los cuales, los empresarios se llevan el 90% del dinero a sus bolsillos. ¿Eso no es una avivada?
Como todo régimen con aspiraciones fundacionales, como es el kirchnerismo y su etapa evolutiva, el cristinismo talibán, tiene que tener una burguesía nacional propia que se apropie de los factores de producción de la burguesía previa. Así se forzó a inversores internacionales a irse del país o se obliga a los nuevos a tener un socio local para poder ingresar en las grandes licitaciones que hace el gobierno y hasta en negocios privados.
La historia económica argentina está llena de etapas de burguesía nacional prebendaría que creció parasitaria del Estado. Eso ocurrió desde 2003, pero ahora, Cristina Fernández prefiere usarlos como responsables de las distorsiones que invaden la macro y que fueron denunciadas por los economistas ortodoxos desde hace más de seis años.
Para el discurso oficial, la inflación es culpa de los grupos concentrados, la falta de reservas de gas y petróleo es culpa de las petroleras, la balanza comercial suma productos del exterior por culpa de industriales vagos que prefieren importar a sustituir importaciones y las tasa de interés es alta por culpa de los bancos que giran las ganancias al exterior. Así, el patrón se repite una y otra vez.
Los empresarios y los banqueros no son individuos inocentes, tratan de maximizar la ganancia, esa es su meta, pero suele haber un funcionario que estimula y gana con las aspiraciones, proyectos y negocios que el sector privado encara. No hay avivados, hay socios por conveniencia.
Quizás, Cristina Fernández debería hablar de las “avivadas” de los gobernantes. ¿No es una avivada lanzar el tema de la re-reelección y, al mismo tiempo, decir que hubo enojo presidencial por hablarse del tema? ¿No es una avivada lanzarle por la cabeza el subte a Mauricio Macri sin los recursos y con la amenaza de sacarle la Policía Federal? ¿No es una avivada asustar a la gente para que corra tras un boleto electrónico con la amenaza de una aumento de tarifas sin decirle qué precios tendrán trenes y colectivos el 10 de febrero? ¿No es una avivada sacar los subsidios a los servicios públicos en forma repentina y no paulatinamente, para que el impacto en el poder adquisitivo de las familias sea menor?
Los ciudadanos han vivido muchas avivadas de los políticos: las reelecciones eternas, las candidaturas testimoniales, las listas espejos, las internas abiertas que sólo sirvieron al gobierno, el crecimiento de los aparatos clientelares, el uso y abuso del tema derechos humanos, las violaciones descaradas a las instituciones, el gasto ilimitado sin explicación o manipulación antojadiza de la historia. La lista también es inmensa.
Cristina Fernández habla de avivadas como si su gobierno fuera débil. Sin embargo, pocas veces un Presidente de la Nación tuvo tanto poder, tanto presupuesto, tantos votos y un obediente alineamiento de gobernadores, intendentes, legisladores, colectivos sociales y medios.
Cristina Fernández viene de vivir cinco milagros. El más importante, que el carcinoma de tiroides devino en adenoma. Otro fue el 54% de los votos obtenidos en octubre. El tercer milagro fue la autodestrucción de la oposición que permitió el arrollador éxito electoral. El cuarto fue el viento de cola que sopló en los mercados internacionales casi 9 años. El último, la dócil capitulación del Partido Justicialista. Sin embargo, es difícil que los milagros se mantengan cuatro años más.
Los problemas creados sumando años de distorsiones, acosan. El viento de cola, acabó. A los aliados se les evaporan las ganancias que los mantenían sometidos voluntariamente. Para Cristina Fernández es hora de victimizarse, de echar culpas, de hacer el ajuste ortodoxo y de buscar una re-reelección que sólo sirve para evitar el “Síndrome del Pato Rengo”. Nada más.
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