La tercera hipotensión sufrida por Cristina Fernández en menos de ocho meses fue una confirmación de las tensiones que vive la Presidente de la Nación en el proceso de darle forma a su proyecto reeleccionista.
Mientras los problemas de salud están a un paso de convertirse en un problema político, el fin de semana pasado, el gobierno intervino de una u otra forma en todas las elecciones que tuvo a su alcance sólo para mostrar una imagen de invencibilidad que asegure la reelección.
Por ejemplo, ayudó con el aparato clientelar a Juan Manuel Urtubey a ganar en Salta, pero se enojó con su lanzamiento como presidenciable para el 2015 y el haber calificado de “piantavotos” a Hugo Moyano, algo que cree todo el cristinismo talibán, pero que no puede reconocer públicamente, dado que el gremialista es uno de los arietes que usa la Casa Rosada para doblegar a los Barones del Conurbano.
También el gobierno dio un guiño a favor de la reelección de Alberto Rodríguez Saá, metió la cola en la interna del Peronismo Federal, paralizó el proceso de elección y causó un fracaso notable al proyecto de Eduardo Duhalde, que se encuentra a un paso de implotar.
La fiebre del gobierno por digitar las elecciones hicieron que diera apoyo tácito a dos grupos de la AMIA y movilizó sus aparatos clientelares a favor de Ollanta Humala. En el primero de los casos, intentó frenar a los reformistas cercanos al Rabino Bergman y, en el segundo, se sorprendió con el triunfo de Keiko Fujimori en la Capital Federal.
También lanzó se reunió con los candidatos a Jefe de Gobierno porteño del oficialismo y les informó que la elección de candidato será a dedo, aunque se hable de consenso. De inmediato corrió el rumor de que Daniel Filmus invitó a Carlos Tomada a compartir fórmula, lo que causó revuelo en la Casa Rosada.
En este marco (y para marcarle la cancha a Daniel Scioli), el gobierno promulgó los decretos que regularon las internas abiertas, simultáneas y obligatorias y la publicidad de campaña imponiendo condiciones que reducen a su mínima expresión las posibilidades de la oposición para hacer conocer su propuesta y sus candidatos y maximiza las posibilidades electorales del oficialismo.
La reforma electoral anunciada es un guante que se ajusta a la mano y las necesidades del gobierno, pero no resuelve la compleja interna que deberá transitar la Casa Rosada para sintetizar en listas propias las demandas del peronismo político, la rama gremial, las organizaciones sociales y grupos piqueteros, el cristinismo talibán, lo que queda de la fiel transversalidad y los aparatos territoriales de los intendentes.
Las colectoras, ahora travestidas en “listas de adhesión”, atomizan los poderes locales y concentran su efectividad en las candidaturas presidenciales, acelerando las fricciones y pujas internas al máximo en municipios y provincias, y dándole valor a la posibilidad de traición.
Si bien la Casa Rosada aseguró la reelección de Cristina Fernández, todavía no hay seguridad de que las traiciones hayan sido evitadas. Tal el caso de Hugo Moyano que, luego de suspenderle por segunda vez el encuentro con el ministro de Salud, Juan Manzur, le giró 300 millones a las obras sociales amigas, frenó en el Senado un pedido de auditoría y prometió un decreto para dotarlas de más dinero en el mediano plazo.
Sin embargo, Hugo Moyano acompaña pero no cede: reclamó más lugares en las listas para la Juventud Sindical, reiteró su candidatura presidencial para el 2015 y, usando como vocero a su hijo, Pablo, criticó la diferencia de diálogo entre Néstor y Cristina Kirchner.
Ante la imparable acción política de la Casa Rosada, Hugo Moyano duplica la apuesta, ubicándose en el ariete de la administración cristinista, mientras que Daniel Scioli y los Barones del Conurbano fueron calificados por Edgar Mainhard como “mamones”, dado el temor reverencial que tiene al gobierno pese a que lanzó una reforma electoral que los pone en el camino de la extinción como poder político.
Hoy, el gobernador de Buenos Aires debe soportar presiones de los grupos piqueteros y de los aparatos sociales, las quejas de los Mamones del Conurbano, la competencia de la candidatura de Martin Sabbatella, lo amenazan con darle una colectora a Sergio Massa y la Casa Rosada ya le dijo que le colocará al candidato a Vicegobernador. Entonces, ¿cuál es el negocio electoral de Daniel Scioli? ¿Cambiará una posible candidatura presidencial, con posibilidades de ganar, por un poder menor y nominal en la provincia de Buenos Aires?
Pero la insólita falta de reacción de Daniel Scioli fue coincidente con la inacción de la oposición. Así, mientras el gobierno definió el escenario para eternizarse en el poder, Mauricio Macri jugó a ser el armador del escenario electoral y falló, intentó levantar, de nuevo, la candidatura presidencial de Carlos Alberto Reutemann y terminó por ceder el color identificatorio del PRO para no causar una crítica de las fuerzas opositoras porteñas; el Peronismo Federa, se disuelve, la Unión Cívica Radical confirma que Ricardo Alfonsín es tan soberbio como su padre, pero sin sus pergaminos, lucha y capacidad; Fernando “Pino” Solanas arrasó con su candidato porteño, Claudio Lozano a cambio de nada y Elisa Carrió se mantiene aislada en su torre personal.
La construcción de poder del cristinismo talibán es notable ante el inmovilismo e incapacidad política de la oposición, pero también se impone frente al stablishment. En cuestión de horas, la Casa Rosada anunció que sumará más directores en las empresas cotizantes donde tenga acciones el Anses, aprobó un proyecto para permitir la gestión obrera de las empresas en crisis y avanzó en la eliminación de las sumas salariales no remunerativas, que pasarán a formar parte del sueldo de los trabajadores.
El pataleo formal de la Asociación de Empresarios Argentinos y de la Unión Industrial Argentina no frenó al gobierno, al contrario, los grupos controlantes tuvieron que unirse con los accionistas minoritarios para evitar que en Molinos y en Siderar se pudiera cumplir la promesa oficial.
La consecuencia: la Comisión Nacional de Valores anuló la asamblea de la empresa del Grupo Techint y analiza imponer obligatoriamente la incorporación de los directores por parte del Estado en las cotizantes, lo que podría ahora sí, ser el certificado de defunción para el pobre mercado de capitales doméstico.
Lo mismo ocurrió con el campo. Después de algunos rumores, el gobierno confirmó que entregará a las cooperativas 30% del mercado exportador de granos, pese a que no produce más de 9%, y que quiere sacar a las multinacionales del negocio (lo que explica las denuncias sobre evasión fiscal y triangulación que lanzó la AFIP las últimas semanas contra las grandes empresas del rubro y porqué les retiró su certificado de operaciones en comercio exterior).
De esta forma, comenzó un lento proceso de nacionalización y posible estatización del sector cerealero con el fin de terminar de dinamitar a la Mesa de Enlace, dado que las cooperativas de Coninagro y la Federación Agraria Argentina se quedarán con una tajada importante del negocio y no se descarta de crear un órgano concentrador que compraría los granos para poder exportarlos. Una Junta Nacional de Granos en el Siglo XXI.
Para terminar de boicotear a la Mesa de Enlace, el gobierno avanza en la regulación del trabajo rural, quiere eliminar la tercerización de mano de obra temporaria y avanza en la entrega de planes sociales al sector, aunque eso causa un retiro de la mano de obra de los sectores que usan trabajadores golondrinas, como ocurrió en Cuyo con la cosecha de aceitunas.
Después de un año, al gobierno no le importa que China no compre más aceite de soja, que reduzca la adquisición de porotos de soja o que se hable de mala calidad de las oleaginosas argentinas. Tampoco le interesa que la Unión Europea amenace con denunciar ciertas prácticas del sector ante la Organización Mundial de Comercio. El Gobierno obtiene votos por proteger a los productores textiles de los importados chinos y no le interesa si el campo produce más o menos, dado que allí no están sus electores.
Con Néstor Kirchner, la construcción política pasaba por la seducción del enemigo con dinero o con prebendas. Los enemigos eran contados y no se los mataba, se los dejaba como ejemplo. Ahora, con Cristina Fernández, la construcción política pasa por concentrar el poder, sacarle poder a amigos y enemigos, se prefiere gratificar con dinero o con prebendas la fidelidad de las fuerzas aliadas y, a los enemigo, se los ahoga a fuerza de normas redactadas ad hoc, aunque en el camino se destrocen 100 años de tradición legislación.
Las internas de la Unión Cívica Radical y del Peronismo Federal confirman que el desgaste de las fuerzas ha sido notable para cualquiera de los candidatos que las conforman. Sin embargo, las fuerzas que componen la oposición parecen condenadas por el destino a mantener las internas eternas hasta agotar sus fuerzas.
La derrota de Eduardo Brizuela del Moral en Catamarca y el fracaso de Mario das Neves en Chubut confirman que los dominios territoriales corren peligro ante el arrollador uso de los aparatos clientelares en manos del gobierno. Sin embargo, la oposición tiene una incapacidad manifiesta de ofrecer una alternativa que rompa esa estructura electoral.
Ahora, con las nuevas normas electorales, el gobierno marcó el terreno, impuso el ritmo, estableció las formas y allanó el camino para la reelección de Cristina Fernández. Sin embargo, las quejas de la oposición han sido menores, tímidas, timoratas.
Una máquina electoral no se frena con sutilezas. Intentar parar un tanque con la mano es heroico, pero no hace caer un régimen. A la oposición se le está acabando el tiempo y no se dan cuenta. Creer que Cristina Fernández abandonará la lucha por la hipotensión, es sólo una fantasía y describe la incapacidad de la oposición para acceder y construir poder.
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